En los últimos tiempos está de moda decir que el fútbol es un espectáculo. Y es
cierto, pero sólo hasta cierto punto. Si el fútbol fuera una mera exhibición de habilidades con fines estéticos, sin duda encajaría a la perfección en la definición de "espectáculo". Pero, amigos, he aquí que el fútbol es también y por encima de todo una lucha, una batalla (en teoría incruenta) entre dos escuadras por marcar más goles que la rival. Y es ahí donde fútbol y espectáculo se separan, pues ambos equipos tienen como prioridad la victoria, y no el despliegue de facultades (que naturalmente puede darse, pero sólo como consecuencia de esa búsqueda de la victoria)

Es, por tanto, la victoria, el mayor anhelo de todo equipo de fútbol en cada partido. Y para alcanzarla cualquier estrategia o táctica son lícitas, siempre como es lógico dentro de los límites impuestos por el reglamento y la deportividad. En 1970, por ejemplo, Brasil ganó el Mundial encandilando a todo el mundo con su juego preciosista y muy técnico, haciendo así feliz a su hinchada. Grecia, por su parte, ganó en el año 2004 la Eurocopa jugando de manera ultradefensiva, presionando y al contraataque. También los aficionados griegos se alegraron mucho por la consecución de este título.

Qué se deriva de ésto? Pues que obviamente en el fútbol, como en todo, cada cuál utiliza sus mejores armas y se desempeña en el terreno de juego haciendo aquello que mejor sabe: ya sea tocar la pelota o presionar, defender o atacar, etc. Y la cuestión no tiene vuelta de hoja: el que marca más goles es cuando acaba el partido el justo ganador. La posesión y los tiros a puerta o llegadas al área (datos todos ellos muy presentes en el periodismo futbolero últimamente) poco valen a la hora de determinar quién se alza con la victoria. Al final sólo los goles importan.
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